
El jueves 15 de octubre, el actor visitó a Moncho Falchetti en Esto es un Montón. Entre recuerdos de rodaje, una lección inolvidable de David José Kohon y una llamada que parecía una cargada, regaló una charla de esas que dan ganas de escuchar hasta cuando ya están pasando los títulos.
Por Gonzalo Guardia · El Archivólogo
Mario Alarcón llegó con recuerdos, humor y ganas de conversar. Y cuando enfrente hay alguien dispuesto a escuchar, pasan estas cosas: una charla termina siendo una pequeña clase de actuación, sin examen y con recreo para las carcajadas.
Así se vivió su visita a Esto es un Montón, el programa de Moncho Falchetti en Diucko TV, acompañado por un equipo que integran, entre otros, Mili Santos, Valentina Novo y Rick Dan. Una mesa con actores y curiosidad por el oficio, donde las preguntas fueron abriendo puertas.
El recorrido tuvo, además, el material de archivo preparado por Gonzalo Guardia, El Archivólogo, a quien Moncho presentó agradeciendo su aporte de información e imágenes. La propuesta era hacerle un homenaje sencillo. Pero poné a un actor con semejante recorrido frente a sus propias escenas y después contame cómo hacés para mirar el reloj.
El viaje arrancó con El agujero en la pared, su debut cinematográfico en 1982, dirigido por David José Kohon y compartiendo protagonismo con Alfredo Alcón. Linda manera de estrenarse: te invitan a jugar al fútbol y, cuando levantás la cabeza, tenés al diez al lado.
Alarcón recordó que la película no funcionó comercialmente, aunque para él significó una escuela y la apertura de nuevas oportunidades. De aquel rodaje conserva una indicación de Kohon que vale más que varios manuales:
“Tranquilo, que la cámara te ve el pensamiento”. Ahí está. Sin firuletes. Una enseñanza sobre cuánto puede contar un rostro cuando el actor deja de empujar la emoción.
Durante la charla también recordó la estrategia del director frente a la censura: según explicó, los desnudos desviaban la atención de los censores del contenido político y social de la historia. Una gambeta de aquellos años en los que hacer cine también exigía aprender a esquivar tijeras.
Cuando apareció el recuerdo de El secreto de sus ojos, llegó una de las mejores perlitas de la tarde. Le preguntaron si tenía inconveniente en hacer un casting. Mario quiso saber para quién.
Para Campanella, ningún problema.
Con una trayectoria encima, aceptó probarse porque entendía algo elemental: el director necesitaba ver su rostro en cámara y encontrar al personaje. El currículum abre la puerta; después hay que entrar y hacer la escena.
Para construir a ese juez que todavía le recuerdan, recuperó observaciones de encuentros con magistrados: la ropa impecable y, especialmente, cierta manera de marcar distancia social aun hablando de asuntos cotidianos. Lo presentó como una impresión personal, haciéndose cargo de sus palabras.
Después del estreno, contó, algunos abogados lo paraban para decirle que los había retratado tal cual. Un reconocimiento bastante particular: cuando los que conocen el paño te dicen “son así”, algo pescaste.
Alarcón se definió como cinéfilo de toda la vida. Recordó los cines de Rosario y aquellos domingos esperados con ansiedad. También las cartas que mandaba de chico para pedir fotografías de estrellas de Hollywood: algunas todavía las conserva.
Hoy sigue defendiendo el ritual completo: prepararse, salir, tomar un café y entrar a la sala.
“Yo veo cine en el cine”. Incluso vuelve a una película para observar una actuación o reencontrarse con una escena. En tiempos de mirar todo mientras hacemos otras tres cosas, hay algo precioso en esa atención. Para decirlo con el Coco Basile: “un elissir”. Café, pantalla grande y nadie preguntando dónde quedó el cargador.
El archivo también lo llevó a La clínica del doctor Cureta, donde recordó un personaje prácticamente sin texto. Otra prueba de que un actor puede participar de una escena mucho antes de abrir la boca.
Con El kiosco, junto a Pablo Echarri, habló de esas pequeñas estafas tan reconocibles: el personaje que sabe más que el otro y aprovecha la ventaja. El famoso “yo te aviso”, pero cuando te avisa ya firmaste.
Mario volvió entonces a una idea que atravesó la entrevista: confiar en la primera intuición que despierta el texto y trabajarla con el director. También explicó que lee el guion completo para comprender dónde entra su personaje. Hasta para interpretar a un chantún hay que hacer los deberes.
Y llegó la llamada por No somos animales. Le anunciaron una película con Al Pacino y pensó que algún compañero lo estaba cargando. Siguió la conversación tratando de reconocer la voz.
La propuesta era verdadera. Alarcón aclaró que no rodó con Pacino, cuya participación vio después en la película: sus escenas fueron con John Cusack, interpretando a un taxista. Porteñidad de exportación, con anécdota incluida.
Hubo tango, recuerdos de trabajo en Francia y una explicación muy cálida del teatro como familia: encontrarse con los mismos compañeros, compartir lo cotidiano y cuidar que la repetición nunca se vuelva automática.
Pero uno de los recuerdos más lindos fue el de Alfredo Alcón. Antes de una escena de café, el actor le confesó que las situaciones cotidianas le costaban.
Alarcón todavía conserva el asombro de aquella sinceridad. Un referente enorme diciéndole a un compañero dónde encontraba una dificultad. Qué manera elegante de enseñar: permitir que el otro vea también el trabajo que cuesta.
EL VEREDICTO DEL ARCHIVÓLOGO
Mario quería estudiar Derecho y dedicarse a la política. Una experiencia teatral en el secundario y el elogio de una profesora le cambiaron el rumbo. Él mismo bromeó con que, de otro modo, quizá hoy sería un juez jubilado.
Por suerte para nosotros, siguió actuando.
En Esto es un Montón quedó una charla con memoria, picardía y oficio compartido. Gracias, Mario Alarcón, por venir a Diucko TV y hacernos pasar una tarde especial. El archivo puso las imágenes; vos trajiste todo lo que seguía vivo adentro de ellas.
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