
Hay historias que no envejecen. Que no se acomodan con el paso del tiempo. Que siguen haciendo ruido, como puerta vieja en casa de abuela. Y la de Omar Carrasco es una de esas.
Porque no fue solo una muerte. Fue un antes y un después. Fue el día que la Argentina dijo “basta” a una práctica que ya venía haciendo agua por todos lados.
3 de marzo de 1994. Un chico de Cutral Co, 18 años, perfil bajo, entra al Grupo de Artillería 161 en Zapala para cumplir con el Servicio Militar Obligatorio. Tres días después, desaparece.
Le dijeron a la familia que había desertado.
Primera mentira. De manual.
Después vino lo peor: el cuerpo apareció el 6 de abril de 1994, en el mismo predio donde ya habían buscado. Plantado. Acomodado. Como si alguien hubiese querido cerrar el caso rápido, prolijo… y sin preguntas.
La versión oficial habló de un “baile”.
Pero en criollo: una paliza.
Ordenada por un subteniente. Ejecutada por otros conscriptos. Una práctica que era secreto a voces. Esa lógica militar de “te formo a los golpes”, que hoy suena a otro siglo… pero en ese momento pasaba.
Y ahí es donde la cosa se pone más turbia. Porque no solo fue la golpiza. Las dudas arrancan después.

¿Murió ese mismo 6 de marzo?
¿O lo tuvieron con vida, mal atendido, en el hospital del cuartel?
Porque hay datos que no cierran ni con cinta scotch:
– Una vacuna aplicada cuando ya supuestamente estaba muerto
– Un cuerpo escondido en un lugar cerrado
– Autopsias hechas “a ojo de buen cubero”
– Y una causa que empezó a enredarse más que auriculares en el bolsillo
Como decía el General, “dentro de la ley, todo; fuera de la ley, nada”… pero acá la sensación fue otra: que la ley miraba para otro lado.
Hubo tres condenados. El subteniente y dos soldados.
Listo. Caso cerrado.
Pero no tanto.
Porque la causa por encubrimiento —donde aparecían nombres más pesados— se fue diluyendo. Apelaciones, chicanas, cajones judiciales. La clásica: “si pasa, pasa”.
Y en el medio, una frase que podría haber sido dicha por cualquier argentino de esa época:
“Les hablé con el corazón y me contestaron con el bolsillo.”
El escándalo fue tan grande que el entonces presidente Carlos Menem tomó una decisión histórica: eliminar el Servicio Militar Obligatorio.
Ahí se terminó la colimba.
Pero no las dudas.
Porque si bien el sistema cayó, la historia quedó. Y como tantas veces en este país, uno se queda pensando si realmente se contó todo… o si fue apenas la punta del iceberg.
El caso Carrasco no es solo un expediente. Es un espejo de época. De cómo funcionaban ciertas cosas… y de cómo se tapaban otras.
Se terminó la colimba, sí.
Pero la pregunta sigue viva, incómoda, persistente:
¿Qué pasó realmente en esos días?
Porque en la Argentina, ya lo sabemos…
“la casa está en orden”… hasta que alguien abre la puerta.