SE FUE EL NEGRO ORO: LA MAÑANA QUEDÓ EN SILENCIO

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SE FUE EL NEGRO ORO: LA MAÑANA QUEDÓ EN SILENCIO

Hay muertes que se anuncian y hay otras que, cuando llegan, parecen apagar de golpe una parte de la casa. La de Oscar “El Negro” González Oro pertenece a esa segunda categoría. Porque para varias generaciones de argentinos no era solamente un periodista, un conductor o una voz detrás de un micrófono: era alguien que estaba ahí. En la cocina, en el auto, en el negocio, en la oficina, en el taxi, mientras se preparaba el mate o cuando arrancaba una mañana cualquiera. Y eso, en un país donde la radio supo ser durante décadas una especie de pariente invisible, no es poca cosa.

Oscar González Oro murió este viernes 25 de septiembre de 2026, a los 74 años, en Punta del Este, Uruguay, donde había elegido instalarse desde 2020. La noticia se conoció pasado el mediodía y rápidamente recorrió el ambiente periodístico, radial y televisivo. Hasta el momento no existe una causa oficial de muerte informada públicamente. Sí trascendió, a través de amigos y personas de su entorno, que atravesaba desde hacía tiempo una enfermedad y un deterioro físico que se había profundizado durante los últimos meses.

Y acá aparece una de esas paradojas que tiene la vida: durante años, González Oro habló por radio de la vida de los demás, de sus problemas, de sus alegrías, de sus miserias, de sus amores y de sus broncas. Pero cuando llegó el momento de contar la propia historia, lo hizo muchas veces sin maquillaje.

Porque El Negro podía ser frontal, exagerado, sentimental, malhumorado, gracioso, polémico y tremendamente afectuoso. Tenía esa cosa tan argentina de poder pasar de una carcajada a una reflexión profunda en cuestión de segundos. Y quizás ahí estaba una parte de su secreto: no hablaba desde un pedestal, hablaba desde la vida.

Nacido en Mendoza el 16 de octubre de 1951, llegó a Buenos Aires siendo apenas un chico. La ciudad le resultó inicialmente hostil. Él mismo recordaría aquella llegada a Retiro, viniendo de una Mendoza luminosa y provinciana, como un cambio brutal. Antes de encontrar su lugar frente a un micrófono había estudiado piano, había soñado con ser cantante y hasta había pasado por Londres. La radio apareció en su camino casi como aparecen las cosas importantes de la vida: sin pedir permiso.

Y después vino todo lo demás.

La voz.

El personaje.

El periodista.

El conductor.

El Negro.

Ese “Negrito” que terminó siendo patrimonio sentimental de miles de oyentes.

González Oro construyó una carrera de casi cuatro décadas entre la radio y la televisión, pero fue en la radio donde encontró su verdadera casa. Su capacidad para conversar, entrevistar, opinar, improvisar y, fundamentalmente, hacer sentir acompañado al que estaba del otro lado, lo convirtió en una figura extraordinariamente popular.

Con “El Oro y el Moro”, en Radio 10, se transformó durante años en uno de los grandes nombres de la radio argentina. El programa mezclaba actualidad, política, espectáculos, deportes, humor y esa conversación cotidiana que parecía estar ocurriendo en el living de cualquier casa. Fue una máquina de audiencia, sí, pero reducirlo a los números sería perder lo más importante.

Porque el fenómeno González Oro no se explicaba solamente por cuánta gente lo escuchaba.

Se explicaba por cuánta gente sentía que lo conocía.

Y eso es otra cosa.

En 2021, cuando decidió retirarse de la radio después de 35 años, dejó una frase que hoy adquiere una dimensión particularmente conmovedora. Dijo que había llegado el momento de disfrutar de sus hijos y reconoció que había sido muy feliz trabajando, pero que también sentía que se había perdido parte de la vida familiar. “Mi vida es la radio, pero también lo son Agustín y Pablo”, había expresado.

No estaba hablando solamente de jubilarse.

Estaba hablando de volver a vivir.

Y quizás esa sea una de las cosas más humanas que dejó.

Aunque la radio fue su territorio natural, González Oro también transitó la televisión y formó parte de distintos proyectos y equipos que hoy pertenecen al archivo de la televisión argentina.

Entre ellos estuvo su participación en Saludarnos, por Canal 7, experiencia por la que incluso recibió un reconocimiento en 2004 dentro de los Premios ISALUD.

Y es precisamente ahí donde aparece un recuerdo que hoy adquiere un valor especial.

Alejandro Nizzero, dueño de Diucko Digital y hombre que conoce la televisión desde adentro, compartió con Oscar González Oro aquellos años de Canal 7, cuando todavía se hablaba de ATC y los pasillos de la televisión eran otra cosa.

Nizzero lo recuerda desde un lugar muy diferente al que puede hacerlo quien simplemente lo veía desde su casa. Lo conoció en esa televisión de estudios, camarines, técnicos, productores, llamados de último momento, cafés apurados y gente corriendo porque faltaban tres minutos para salir al aire.

Y hay algo que Alejandro rescata especialmente de aquella época: detrás de la voz enorme y del personaje televisivo había una persona cercana, sensible y muy humana.

En ese recuerdo de Nizzero aparece un González Oro mucho más íntimo que el que conocía el público. El hombre que podía tener una presencia fuerte, una personalidad avasallante y esa voz que parecía llenar un estudio entero, pero que también sabía compartir una charla, un comentario, una complicidad de pasillo.

“Oscar era de esos tipos que no pasaban desapercibidos. Tenía una personalidad enorme, pero también tenía algo muy humano. De esos compañeros que uno recuerda con cariño aunque hayan pasado muchísimos años”, es la manera en que Nizzero reconstruye hoy aquella etapa compartida.

(Estas palabras de Alejandro están presentadas como reconstrucción editorial de su recuerdo y no como una cita textual registrada.)

Y quizá sea justamente eso lo que queda cuando se muere alguien que trabajó tantos años en televisión: no solamente los programas.

Quedan los pasillos.

Las charlas.

Los cafés.

Los técnicos que lo recuerdan.

El productor que alguna vez recibió un reto.

El compañero que se quedó hablando después del aire.

El que todavía se acuerda de una carcajada.

Porque la televisión, antes de ser archivo, fue siempre gente.

“GUARDEN OTRA IMAGEN”

Durante sus últimos años, González Oro eligió Punta del Este. Se instaló allí en 2020 y decidió bajar el ritmo, alejarse de la competencia diaria de los medios y disfrutar de otra etapa de su vida. Él mismo había contado que quería vivir con menos horarios, más cerca de sus afectos y con otra relación con el tiempo.

Pero la vida, esa señora bastante maleducada que nunca consulta el calendario, empezó a imponerle otros límites.

En los últimos meses su estado físico se había deteriorado. Daniel Hadad, uno de sus amigos y compañeros de trayectoria, contó este viernes que atravesaba una enfermedad desde hacía tiempo y que durante las últimas semanas tenía grandes dificultades para moverse. También reveló algo que resulta difícil de leer sin que se haga un nudo en la garganta: Oscar había comenzado a evitar que algunos amigos lo vieran en ese estado y les pedía que conservaran otra imagen de él.

Qué frase.

“Guarden otra imagen.”

Como si hubiera entendido que los seres humanos somos, en definitiva, un álbum de fotografías.

Y que cuando llega la última página uno quisiera que los demás se queden con aquella en la que todavía estamos sonriendo.

Durante los últimos años, González Oro también dejó reflexiones públicas que hoy resultan estremecedoras.

En 2023 había escrito que sentía que el final se acercaba. En enero de 2026 publicó otra reflexión todavía más contundente: “Estoy cerca de mi ocaso. Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. Vida, nada me debés, vida, estamos en paz”.

También había escrito anteriormente sobre el cansancio, sobre el paso del tiempo y sobre la sensación de estar llegando a una última etapa.

No necesariamente eran anuncios de una despedida inmediata. De hecho, él mismo había aclarado en otras oportunidades que no todo lo que publicaba debía interpretarse como autobiográfico. Pero hoy esas palabras inevitablemente vuelven a aparecer, porque la muerte tiene esa costumbre bastante cruel de cambiarle el significado a las cosas que alguien dijo cuando todavía estaba vivo.

Y el último mensaje público que publicó, el 30 de julio de este año, fue acompañado por una canción cuyo sentido giraba alrededor del paso del tiempo, las marcas de la vida, los afectos y la calma. La expresión que eligió fue “Qué bonito llegar así”.

Hoy suena casi como un epitafio.

Hay voces que pasan.

Y hay voces que quedan.

La de González Oro queda.

Queda en las grabaciones.

En las entrevistas.

En los viejos casetes.

En los archivos de las radios.

En los programas que todavía aparecen en YouTube.

En quienes aprendieron algo escuchándolo.

En quienes se enojaron con él.

En quienes se rieron.

En quienes le contaron sus problemas.

En quienes esperaban que llegara la mañana porque sabían que del otro lado estaba ese tipo de voz grave, reconocible, inconfundible, capaz de decir una barbaridad y cinco minutos después ponerse sentimental.

Porque El Negro tenía eso.

Era profundamente argentino.

Con contradicciones.

Con amores.

Con broncas.

Con equivocaciones.

Con éxitos.

Con dolores.

Con una enorme necesidad de vivir.

Y con esa vieja costumbre nuestra de hacer un chiste cuando estamos a punto de llorar.

Daniel Hadad lo definió este viernes de una manera que probablemente explique mejor que cualquier currículum quién fue González Oro: detrás del personaje radial había “una persona” con una sensibilidad especial.

Y ahí está la clave.

El personaje ya es parte del archivo.

Alejandro Nizzero lo sabe porque lo conoció cuando la televisión todavía tenía olor a estudio, a cinta, a café de máquina y a cigarrillo en la puerta. Lo conoció cuando Oscar todavía estaba construyendo parte de ese camino que después lo llevaría a convertirse en una de las voces más importantes de la radio argentina.

Y por eso, cuando uno habla con alguien que estuvo ahí, aparece otra dimensión del personaje.

No solamente el Negro González Oro que conocimos.

También Oscar.

El compañero.

El hombre detrás del micrófono.

El tipo que alguna vez caminó por los mismos pasillos que tantos otros que hoy también son parte de la memoria de la televisión.

Y entonces aparece aquella vieja frase que parece escrita para estos momentos:

“Uno no muere cuando deja de respirar. Muere cuando deja de ser recordado.”

A González Oro le va a costar bastante morirse del todo.

Porque todavía queda demasiada gente que lo recuerda.

Queda su voz.

Quedan sus palabras.

Quedan sus historias.

Quedan sus amigos.

Quedan sus hijos.

Quedan quienes trabajaron con él.

Quedan quienes alguna vez se cruzaron con él en un estudio.

Y quedan millones de argentinos que, durante alguna mañana, alguna tarde o alguna noche, escucharon aquella voz y sintieron que del otro lado del aparato había alguien hablando con ellos.

Hoy el micrófono está cerrado.

Punta del Este quedó en silencio.

Y en algún rincón del enorme archivo sentimental de la Argentina, una voz acaba de pasar a formar parte de la historia.

Hasta siempre, Negro.

El Archivólogo guarda esta historia donde corresponde: no en la carpeta de los famosos que se fueron, sino en esa parte mucho más difícil de archivar que se llama memoria.

Porque algunas voces se apagan.

Pero hay voces que, por más que pase el tiempo, siguen diciendo “dale gassss” desde algún lugar de nuestra memoria. 🖤

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