
En el Día Internacional del Café, El Archivólogo recorre los bares, las cocinas y las marcas que perfumaron la vida argentina. De La Morenita y La Virginia a Bonafide y Cabrales: una historia de inmigrantes, publicidad, sobremesas y conversaciones que nunca terminan.
Por El Archivólogo | Revista La Realidad
En Argentina, “tomemos un café” es una frase que conviene interpretar con cuidado. Puede ser una invitación, una tregua, una entrevista de trabajo o el prólogo de una conversación que uno venía esquivando. “Son cinco minutos”, avisan. Dos horas después, ya se discutieron el dólar, la selección, el matrimonio del vecino y cómo habría que gobernar el país.
La taza se enfrió. El debate sigue hirviendo.
Hoy, 1 de octubre, es el Día Internacional del Café. La celebración, impulsada por la Organización Internacional del Café, recibió en marzo de 2026 el reconocimiento de la Asamblea General de las Naciones Unidas. La fecha también pone en primer plano a quienes lo cultivan y trabajan: detrás del pocillo hay cosechas, transporte, tostadores y gente que se gana la vida.
Nosotros le agregamos una función que no figura en el paquete: hacer lugar para la charla.
El café llegó a nuestras costumbres mucho antes de las cápsulas y las cartas con nombres en inglés. En Buenos Aires ya había cafés alrededor de la Revolución de Mayo. El Café de Marco, en las actuales Bolívar y Alsina, fue frecuentado por figuras como Mariano Moreno, Manuel Belgrano y Juan José Castelli.
La conversación política tenía mesa bastante antes de tener panel televisivo. Y seguramente también había alguno convencido de que sabía cómo arreglar todo.
Después llegaron los grandes salones, las tertulias, las barras de barrio y ese personaje indispensable: el mozo que sabe qué vas a pedir antes de que te sientes. Un señor capaz de recordar tu cortado, tu mesa y tu medialuna preferida sin pedirte que te registres en una aplicación.
El Tortoni abrió en 1858. Su fundador, el francés Jean Touan, tomó el nombre de un café parisino. Primero estuvo en Esmeralda y Rivadavia y luego se trasladó al edificio que hoy reconocemos sobre Avenida de Mayo.
El café porteño fue incorporando escritores, artistas, músicos y parroquianos. En sus mesas, lo extraordinario podía convivir con un señor que llevaba veinte minutos leyendo el mismo titular.
Las Violetas, inaugurada en Almagro en 1884, sumó la elegancia de la confitería. Y Rosario tiene su propio capítulo: El Cairo abrió en 1943 y quedó ligado a Fontanarrosa y a la Mesa de los Galanes.
El mapa cafetero argentino también se escribe lejos del Obelisco.
Al tío Moncho de cualquier mesa familiar le habría alcanzado un cortado para explicar por qué su equipo perdió: el árbitro, el técnico y la humedad. En ese orden. El análisis podía durar hasta la cena; el café, bastante menos.
Pero mientras el bar ofrecía una mesa, las empresas fueron entrando en casa. El café comprado por peso, molido a la vista y preparado en la cocina terminó compartiendo espacio con paquetes, frascos, saquitos y máquinas. Ahí aparecen nombres que funcionan como pequeñas cápsulas de memoria.
La Morenita tiene historia desde 1890. Justo G. Padilla inició el negocio de importación y elaboración de café, con establecimientos en Buenos Aires y Rosario. Sus vendedores recorrían las calles porteñas a caballo.
Antes del reparto por aplicación, había que ensillar.
Con la industrialización llegó el café envasado para los almacenes. Y en los años sesenta, la marca hizo una campaña con Violeta Rivas: una voz de la cultura popular entrando en la tanda para vender algo que después se servía en la cocina.
La publicidad sabía perfectamente dónde vivía su público.
Los Padilla vendieron la marca al grupo La Virginia a comienzos de los años 2000. En 2019 comenzó una renovación que dejó el nombre en Morenita, a secas. Hoy conserva el “desde 1890” y ofrece cafés tostados, torrados y cápsulas.
Cambió la presentación; el apellido sigue activando recuerdos. Hay marcas que uno lee y enseguida siente el ruido de una cucharita contra la taza.
La Virginia nació en Rosario en 1915, como un emprendimiento familiar. Su historia ubica desde 1940 una expansión basada en sucursales y distribución. Porque para volverse una marca cotidiana había que llegar al almacén, al supermercado y a la alacena.
Esa es una parte menos vistosa de la memoria publicitaria: un aviso puede instalar un nombre, pero alguien tiene que hacer que el paquete esté disponible cuando lo vas a buscar.
En muchas casas, la elección tampoco requería una cata. Se compraba la marca de siempre. “Más vale malo conocido que bueno por conocer”, decía la abuela para justificar medio universo. El café heredaba esa fidelidad, aunque no tuviera nada de malo.
Bonafide empezó en 1917, cuando Geraldo Trinks abrió un kiosco en el Pasaje Güemes. La empresa cuenta que vendía café en grano sin baño de azúcar y que después agregó caramelos. Su nombre remite a la buena fe: confianza como carta de presentación.
El vínculo con chocolates y golosinas terminó dándole un lugar particular en la memoria argentina. Ir por café y salir con algo dulce es una costumbre que rara vez necesita defensa.
La abuela ya había dictado sentencia: “Las penas con pan son menos”. Si el pan venía acompañado por chocolate, mejoraba el expediente.
Café Martínez remonta sus comienzos a 1933. La marca desarrolló su actividad como importadora, tostadora y distribuidora, y después llevó ese conocimiento a una red de cafeterías. Su trayectoria ayuda a entender cómo un negocio de café puede convertirse también en un negocio de encuentros.
Cabrales nació en Mar del Plata el 10 de noviembre de 1941. Antonio Cabrales abrió La Planta de Café después de trabajar en el rubro. La historia familiar registra la incorporación del café torrado envasado en 1960, la expansión posterior y, más adelante, nuevas instalaciones y tecnología.
Rosario, Buenos Aires, Mar del Plata: el café argentino tiene varios domicilios.
También está la historia del frasco. Nescafé fue lanzado en Suiza en 1938, y el café soluble abrió una forma práctica de preparar la bebida. En Argentina, nombres como Nescafé y Dolca forman parte del repertorio cotidiano de Nestlé.
La cucharita, el agua caliente y la taza resolvieron muchos desayunos apurados. También acompañaron jornadas de estudio y esas mañanas en las que el cuerpo llegó a la cocina, pero la cabeza todavía seguía en la almohada.
“Poné la pava que ya vengo”. Una frase sencilla, con capacidad para organizar una casa entera.
Entre esas maneras de tomarlo hay una diferencia que merece salir de la letra chica: tostado y torrado no significan lo mismo. El torrado se obtiene tostando el café con azúcares que se caramelizan. Esa distinción figura en el Código Alimentario Argentino. El tostado sin ese agregado ofrece otro perfil de sabor.
No hace falta convertir cada desayuno en un examen. Pero saber qué contiene el paquete ayuda a entender por qué dos cafés pueden resultar tan distintos.
Hoy conviven el pocillo de bar, el café de filtro, la italiana, el instantáneo, las cápsulas y las cafeterías de especialidad. Las propias marcas tradicionales ampliaron sus formatos: Morenita tiene cápsulas; Cabrales ofrece cafés de especialidad; Café Martínez vende granos, molidos y distintos métodos de preparación.
La conversación también cambia. Ahora se pregunta por el origen, el tueste y la molienda. Está buenísimo aprender. Después cada uno elige cómo quiere tomarlo y cuánto puede gastar.
El tío Chirico probablemente preguntaría si las notas de chocolate vienen con una porción de torta. La pregunta merece respeto.
Porque detrás de tanta variedad sigue funcionando el mismo código social. Un café permite hacer tiempo, conocer a alguien, cerrar un negocio o volver sobre una historia que parecía terminada.
Y para esas ocasiones, como diría nuestro tío de las buenas costumbres, Raúl Martorel: “Mi amor, si vas a volver con tu ex, que por lo menos el café sea bueno”.
Consejo fino, aplicación inmediata.
El “tenemos que hablar” sigue necesitando una mesa, por más sofisticada que sea la máquina.
Hay, además, una novedad que abre un capítulo distinto. Argentina importa casi todo el café que consume, pero Tucumán está desarrollando cultivos locales. En marzo de 2026, el IDEP provincial y Cabrales presentaron avances de un proyecto de café de origen tucumano. El propio organismo aclaró que todavía atraviesa una etapa experimental.
Vale la pena seguirlo sin anunciar una revolución antes de tiempo. Para un país con tanta cultura de café, desarrollar también su cultivo es una posibilidad interesante. Hay productores, conocimiento y trabajo por delante.
La abuela lo hubiera resumido mejor: “Despacio se llega lejos”.
EL VEREDICTO DE EL ARCHIVÓLOGO
El café tiene en Argentina una historia que pasa por inmigrantes, empresas familiares, almacenes, tandas publicitarias y bares donde siempre hay alguien con algo para decir. La Morenita, La Virginia, Bonafide, Martínez y Cabrales ayudaron a darle nombres y aromas a esa rutina. Las nuevas formas de prepararlo agregan páginas a una historia que sigue abierta.
Pero hay una costumbre que conserva una salud envidiable: sentarse frente a alguien y darle tiempo.
Hoy brindamos por el café del desayuno, por el que acompañó una mala noticia y por ese otro que permitió que la conversación siguiera un rato más.
Pedite uno. El país todavía no está arreglado.
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