MAURICIO D’ALESSANDRO PONE ORDEN A LA SALA

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MAURICIO D’ALESSANDRO  PONE ORDEN A LA SALA

Orden en la Sala, el ciclo que conduce el doctor Mauricio D’Alessandro los domingos a las 21 por Net TV, arranca desde la idea de agarrar los grandes temas que aparecen en las pantallas durante la semana, sacarles el ruido, la espuma y el griterío, y ponerlos arriba de una mesa con abogados que los miren desde el lugar menos simpático pero más necesario: el de la ley.

Y si algo queda claro después de mirar el programa es que D’Alessandro no pretende hacer de conductor decorativo. No está ahí para decir “vamos a una pausa” mientras los demás hacen el trabajo. Pregunta, repregunta, interrumpe, ordena, provoca y, cuando hace falta, mete el dedo en la llaga. Básicamente, hace eso que en televisión parece cada vez más difícil: conducir.

El concepto del programa está presentado casi como una declaración de principios: todos los domingos habrá abogados para analizar “los temas que atraviesan a la sociedad”. Y la primera emisión no eligió precisamente una cuestión para conversar tomando el té con masas secas. Arrancó con morosidad, deudas, bancos, intereses, usura, cobranzas, hostigamiento y el eterno matrimonio argentino entre el ciudadano endeudado y la letra chica que nadie leyó. Porque aparentemente la humanidad inventó internet, la inteligencia artificial y los viajes espaciales, pero seguimos sin aprender a leer un contrato antes de firmarlo.

D’Alessandro se mueve bien en ese terreno. Tiene la ventaja de conocer el lenguaje jurídico, pero también entiende algo fundamental de la televisión: si el espectador no entiende de qué estás hablando, perdiste la batalla antes de llegar al segundo bloque.

Y ahí aparece uno de los nombres que más se hace notar durante el programa: el doctor Gustavo Delía.

Delía no está sentado para hacer número. Interviene, discute, plantea objeciones y, sobre todo, intenta llevar las discusiones jurídicas a situaciones concretas. De hecho, cuando D’Alessandro plantea el caso del deudor que recibe llamadas constantes, al que contactan familiares y al que llegan a amenazar, Delía responde desde la práctica profesional: su salida es asumir la representación, negociar con el acreedor y buscar una audiencia donde se pueda discutir el punto de equilibrio entre las partes.

Y hay una frase que resume bastante bien su mirada: “quita, espera o remisión de deuda”. Tres palabras que, para alguien endeudado hasta las pestañas, probablemente suenen más lindas que cualquier canción de Sandro.

La presencia de Delía además tiene un recorrido televisivo previo. Ha intervenido públicamente como abogado en distintas causas de alto interés mediático, entre ellas como representante legal de Marcelo “Teto” Medina y en otros casos judicializados que llegaron a los medios.

Pero lo interesante de Orden en la Sala es que no intenta convertir a los abogados en personajes de ficción. No hay “abogado bueno contra abogado malo”. Hay algo mucho más parecido a la vida real: seis profesionales sentados alrededor de una mesa y seis maneras distintas de interpretar un problema.

En el primer bloque, por ejemplo, aparece el proyecto del doctor Carlos Traboulsi, quien plantea una vía judicial rápida para determinar si existe usura. Según lo explicado en el programa, la propuesta contempla una audiencia dentro de los cinco días hábiles, una eventual pericia de 72 horas y una resolución judicial posterior.

Y ahí D’Alessandro hace lo que mejor sabe hacer: poner a los abogados contra las cuerdas, pero sin tirarles la silla por la cabeza.

Le pregunta a Marano si la propuesta no termina premiando el incumplimiento. Le pregunta a los demás cómo actuarían concretamente. Y cuando llega el momento de bajar toda esa biblioteca jurídica a la calle, cambia la pregunta abstracta por una situación reconocible para cualquiera:

¿Qué hacés si sos un deudor, no podés pagar, te llaman todos los días, llaman a tu mamá, a tus familiares y hasta te amenazan?

Ahí el programa deja de hablar de artículos, códigos y procedimientos y empieza a hablar de gente.

Delía propone negociar directamente con el acreedor como representante del deudor. Otro abogado plantea acudir a una medida cautelar. Otro aconseja enviar una carta documento y analizar si la deuda incluso está prescripta. Carla Collado cuenta que, en su experiencia, pedir una liquidación detallada puede permitir descubrir cómo una deuda terminó multiplicándose de manera descomunal y abrir la puerta a un acuerdo posible.

Eso es justamente lo que diferencia al ciclo de una simple mesa de abogados: hay una intención de traducir el expediente al idioma de la calle.

Porque el argentino endeudado no piensa en “la obligación contractual”. Piensa: “¿Cómo carajo hago para llegar a fin de mes?”

Y del otro lado, el acreedor tampoco piensa en filosofía jurídica. Quiere cobrar.

Entre esos dos extremos aparece el abogado. Y ahí empieza el barro.

D’Alessandro consigue además algo que no siempre se logra en televisión: que las diferencias entre los invitados sean parte del contenido y no simplemente una excusa para gritar. Marano sostiene una mirada más vinculada al cumplimiento de las obligaciones y advierte sobre una cultura que podría terminar naturalizando el incumplimiento. Del otro lado, aparecen quienes ponen el foco en el consumidor, en la posición dominante del acreedor y en las situaciones de abuso u hostigamiento.

Y entonces aparece otra de esas escenas que explican por qué el conductor es el verdadero motor del programa.

D’Alessandro les da 30 segundos a cada abogado para explicar qué harían frente a un caso concreto.

Treinta segundos.

Para un abogado argentino, eso debe ser más o menos como pedirle a Mirtha Legrand que haga una pregunta corta.

Pero funciona.

Porque obliga a abandonar la teoría y responder: “¿Qué harías vos?”

Ese mecanismo vuelve al programa mucho más televisivo. No se trata solamente de escuchar especialistas. Se trata de verlos tomar posición profesional frente a problemas concretos.

Y cuando parece que el primer bloque ya dejó suficiente material para una noche, D’Alessandro hace lo que corresponde: cambia de tema y mete en la sala otro monstruo contemporáneo.

La inteligencia artificial.

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Y ahí el programa pega un volantazo desde las deudas hasta ChatGPT, privacidad, pruebas digitales, ciberdelitos, deepfakes, menores de edad, libertad, seguridad y los límites que debería tener una tecnología que avanza bastante más rápido que los legisladores.

La pregunta central es tan sencilla como incómoda: ¿qué pasa con lo que nosotros mismos escribimos en una inteligencia artificial?

En el programa se discute incluso el caso de un menor que habría utilizado ChatGPT para hablar sobre un supuesto plan delictivo y la utilización de esa información por parte de organismos de seguridad. A partir de allí, la mesa se mete en un terreno verdaderamente espinoso: privacidad, vigilancia, consentimiento, actos preparatorios y hasta el viejo dilema de cuánto estamos dispuestos a entregar de nuestra libertad a cambio de seguridad.

Y nuevamente aparece Gustavo Delía en un papel importante.

Su intervención se mete directamente con una de las cuestiones más delicadas: la diferencia entre pensar un delito, prepararlo y ejecutarlo. En la discusión aparece incluso la comparación entre el derecho argentino y el estadounidense respecto de los actos preparatorios.

Pero quizá una de las mejores características de la mesa sea que nadie tiene la respuesta completa.

Uno reclama regulación.

Otro advierte sobre el peligro de limitar una herramienta.

Otro pone el acento en la protección de los menores.

Otro recuerda que ya existe legislación sobre protección de datos personales.

Y otro plantea que el verdadero problema no es qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué hacemos nosotros con ella.

En medio de todo eso, D’Alessandro funciona como una especie de árbitro de potrero jurídico: deja jugar, pero cuando la pelota se va demasiado lejos, la trae de vuelta.

Y tiene otra virtud: no le tiene miedo al conflicto intelectual.

Cuando alguien se extiende demasiado, lo corta.

Cuando alguien se va por las ramas, lo devuelve al punto.

Cuando una discusión amenaza con convertirse en una clase universitaria de tres horas, aparece el conductor con el equivalente televisivo de un “bueno, muchachos, vamos al grano”.

Eso le da ritmo.

Y quizás sea justamente el mayor atractivo de Orden en la Sala: no pretende que el derecho parezca sencillo. Pretende que lo complejo pueda ser entendido.

Porque detrás de cada deuda hay una familia. Detrás de una amenaza hay una persona. Detrás de una conversación digital hay datos. Detrás de una prueba hay derechos. Y detrás de cada discusión jurídica hay algo bastante más antiguo que cualquier código: la necesidad humana de saber qué hacer cuando la realidad se pone fulera.

El programa se llama orden en la Sala, pero la sensación que deja esta primera emisión es otra.

Acá nadie está esperando demasiado el orden.

D’Alessandro pregunta.

Los abogados contestan.

Delía discute.

Los otros abogados retrucan.

La mesa se calienta.

Y el espectador, mientras tanto, descubre que ese problema que parecía pertenecerle a “los de la tele” puede estar perfectamente sentado en su propia casa.

Porque la Justicia puede parecer lejana cuando la miramos desde un expediente.

Pero cuando te llaman diez veces por una deuda, cuando te amenazan, cuando una empresa no quiere darte de baja una tarjeta o cuando descubrís que una inteligencia artificial puede convertirse en parte de un conflicto judicial, la Justicia deja de ser una palabra solemne y pasa a ser un problema de todos los días.

Y ahí es donde Mauricio D’Alessandro encontró el tono de este programa.

No hace falta ponerle toga a la televisión.

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Alcanza con sentar a los abogados, prender las cámaras y dejar que empiece la discusión.

Domingo 21 horas.

Orden en la Sala. Por NET TV

Y por una vez, parece que en la sala hay bastante más que esperar. Hay debate.

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