
La segunda emisión del programa de Diucko TV y producido integralmente por «Fuera del Radar» tuvo a Leo Rossi administrando una mesa integrada por Julio Bárbaro, Félix Álvarez, Myriam Verdú, Cristian Iuale y el doctor Gustavo Delia y como invitado especial Juan Manuel Abal Medina. Se discutieron alianzas, economía, peronismo y las apuestas presidenciales para 2027.
Pero debajo de cada candidatura apareció algo bastante más incómodo: quién se hace cargo de lo que hizo.
La versión de un acercamiento entre Axel Kicillof y Elisa Carrió abrió la conversación. Una posibilidad discutida en el programa, cuyo alcance electoral no queda acreditado por la emisión.
A Bárbaro la idea le resultó coherente. Su argumento fue que ambos aman la política, y enseguida trazó una comparación con otros dos protagonistas del poder:
«Massa y Macri, vos los ves y no sabés qué parte es comercial y qué parte es romántica».
Cuando Leo le preguntó si los ubicaba en el mismo terreno, sostuvo su caracterización: «El estilo del negocio».
Fue una valoración política del invitado, expresada con esa picardía que permite dejar una frase flotando mientras el resto de la mesa calcula dónde va a caer.
El romance, según esa mirada, necesita bastante más que flores: estructura, acuerdos y una calculadora con pilas nuevas.
Tato Bores tenía una frase que le calza a estas discusiones sobre las jerarquías del poder: «El que sabe, sabe y el que no es jefe». El archivo conserva el remate; los organigramas siguen aportando material.
Bárbaro no se conformó con opinar sobre una posible sociedad política. Le puso una condición al futuro de Kicillof: salir del kirchnerismo.
«Si no sale, muere. Sale o muere».
Hablaba de supervivencia política. Y para explicar por qué considera necesaria esa ruptura, dejó otra definición:
«Cristina, que si lo toca a Kicillof, lo convierte en Alberto Fernández».
Ahí estuvo uno de los nudos del programa. Para Bárbaro, la tutela de Cristina amenaza la autonomía del gobernador. En su lectura, el peso de la expresidenta puede convertirse en una carga para quien pretenda construir un liderazgo propio.
Abal Medina discutió esa mirada al recordar que Cristina conserva votos capaces de influir en una elección. Mientras uno señalaba el costo del vínculo, el otro advertía sobre el costo de desconocerlo.
Una discusión bastante más seria que el habitual concurso de quién manda el mensaje más picante al grupo del partido.
Porque querer heredar los votos y jubilar al dueño de la lapicera en la misma ceremonia exige una destreza considerable.
Bárbaro, además, rechazó que peronismo y kirchnerismo sean equivalentes:
«¿Qué tiene que ver el kirchnerismo con el peronismo? No son ni parientes».
En esa sobremesa, hasta el árbol genealógico terminó impugnado.
Gustavo Delia sostuvo la defensa más explícita de Milei y cuestionó que dirigentes vinculados con experiencias anteriores se presenten como solución.
Bárbaro respondió con un recuerdo que lo involucraba personalmente:
«Yo elegí a Macri y lo acompañé a Macri. ¿Qué querés, que me suicide?».
La frase merece detener la cinta.
Reconoció una decisión propia sin convertirla en una obligación de acompañamiento eterno. Un planteo que toca una de las grandes mañas de nuestra conversación pública: pedirle al votante que defienda todo lo que haga aquel a quien eligió, como si la boleta incluyera un pagaré.
El voto autoriza a gobernar. El cheque en blanco se lo agregan después, generalmente los interesados en cobrarlo.
Bárbaro también cuestionó la incorporación de figuras del menemismo al universo libertario:
«¿Por qué eligen lo peor de nosotros?».
Una provocación dirigida a quienes condenan al peronismo mientras rescatan parte de su elenco. El pase de jugadores, se ve, no siempre viene acompañado por la revisión del prontuario futbolístico.
La gestión de Alberto Fernández fue otro terreno de choque. Delia reclamó que el peronismo asumiera sus responsabilidades y defendió al Gobierno actual como encargado de enfrentar la herencia recibida.
Bárbaro cuestionó con dureza al expresidente y después apuntó al mecanismo de selección de candidatos de Cristina:
«Cristina eligió a Boudou, a Scioli y a Alberto. Hay que sacarle el dedo, hermano».
No estaba ofreciendo una clase de protocolo partidario. Estaba discutiendo la autoridad de quien decide y la responsabilidad que viene después.
Porque en la política argentina la lapicera suele tener dueño cuando se firman las listas y volverse un objeto extraviado cuando llegan las explicaciones.
Abal Medina, por su parte, reconoció sobre la administración de Alberto Fernández: «Fue un muy mal gobierno».
Y fue más allá del nombre propio:
«No podemos seguir repitiendo lo mismo de siempre hablando de un país de hace 15 años sin autocrítica».
Una advertencia atendible para cualquier fuerza que aspire a volver: la nostalgia puede llenar un acto; gobernar el presente exige otras respuestas.
Abal Medina encontró una comparación televisiva para discutir cuánto tiempo puede un gobierno explicar sus dificultades por lo que recibió.
Recordó una enseñanza ajena sobre el rating: durante la primera hora puede influir el programa anterior; después, quien está al aire debe responder por el resultado.
La analogía tenía destinatarios para todos los gustos. Él mismo señaló que un peronista podía haber usado el mismo argumento contra Macri durante la gestión anterior.
Ese fue uno de sus mejores pasajes: reconoció la rueda antes de cuestionar a quien hoy la hace girar.
Delia mantuvo su postura: las dificultades actuales son el precio de enfrentar los problemas dejados por el justicialismo.
La mesa quedó partida entre el peso del pasado y la responsabilidad del presente. Afuera del estudio, mientras tanto, las cuentas no esperan a que termine el debate.
Acá viene al pelo la Doña Rosa a la que apelaba Bernardo Neustadt para llevar la discusión política al terreno cotidiano. La interlocutora televisiva cambió de época; la necesidad de entender qué pasa con la propia plata sigue intacta.
Porque una cosa es explicar la transición. Otra, pedirle al ciudadano que viva de transición en transición como quien renueva un contrato que nunca termina de leer.
Cuando la conversación llegó a Victoria Villarruel, Bárbaro largó otro de sus remates:
«Habla con todo el mundo menos con Milei».
La frase condensó su lectura sobre la distancia política entre el Presidente y la vicepresidenta. Alrededor aparecieron hipótesis de acuerdos y candidaturas, que deben leerse como especulaciones de los participantes.
Félix Álvarez sostuvo que una eventual postulación de Villarruel por afuera podría llevar a Milei a una segunda vuelta. Bárbaro también le asignó capacidad para alterar el escenario.
Por ahora, en esa mesa sobraron combinaciones y faltó una certeza compartida. El viejo consejo de no contar los pollos antes de que nazcan debería venir impreso en las carpetas de campaña.
Cristian Iuale y Myriam Verdú también pusieron sus fichas sobre el paño. Iuale sostuvo que Milei está construyendo una nueva mayoría política y apostó a que repita la jugada que lo llevó a la Presidencia. Verdú llevó la conversación a una ventanilla bastante menos glamorosa: las fiestas y la plata para pasarlas. Planteó la posibilidad de que aparezcan inversiones o algún préstamo que mueva la economía. Ambos pronosticaron una reelección de Milei, aunque, cuando les preguntaron qué definiría la elección, eligieron el bolsillo. Ahí tenés la madre del borrego: mucha estrategia para conquistar el voto, pero si diciembre encuentra la billetera en terapia intensiva, al brindis no lo levanta ningún asesor de imagen.

Entre las perlitas más jugosas, Bárbaro recordó que antes de la elección de 2019 había anticipado una derrota de Macri.
Según su relato, primero se lo comentó a Fernando Marín y después lo conversó con el entonces presidente. Ante las encuestas favorables que Macri le mencionaba, aseguró haber respondido:
«Las encuestas son pagas, yo no cobro, o sea, es gratis».
La escena tiene todo: café, advertencia, incredulidad y un protagonista convencido de que la calle decía algo distinto de las planillas.
Es su recuerdo del encuentro, y así corresponde contarlo. Pero la moraleja viaja sola: si todos los que se sientan alrededor del poder coinciden demasiado, quizá convenga abrir una ventana.
A veces el ruido de afuera informa más que un almuerzo lleno de asentimientos.
Leo pidió una campanita para ordenar las intervenciones: «¡Tilín, tilín, tilín!».
El momento tuvo gracia porque retrató lo que estaba pasando. Cada participante quería terminar su argumento; varios querían hacerlo al mismo tiempo.
Abal Medina había planteado la necesidad de acuerdos básicos para evitar que el país cambie permanentemente de dirección. En el estudio, conseguir que una idea llegara al final ya requería esfuerzo.
Y Bárbaro dejó una frase que incomoda incluso a quien la pronuncia:
«Ese país lo destruimos entre todos».
En medio de tantos señalamientos, ese plural pesó. No resolvió la discusión sobre responsabilidades, pero impidió la salida más cómoda: la fantasía de que la decadencia siempre la administró alguien completamente ajeno.
EL VEREDICTO DEL ARCHIVÓLOGO
Bárbaro fue el gran agitador de la mesa porque puso nombres, recuerdos y contradicciones sobre el mantel. Se puede discutir su lectura de Cristina, su apuesta por Kicillof o sus juicios sobre los demás. Lo que dejó fueron argumentos y frases para discutirle de frente.
Abal Medina aportó un reclamo que su propio espacio necesita escuchar: asumir los errores antes de pedir otra oportunidad. Delia defendió a Milei y obligó a la oposición a responder por su pasado. El valor del cruce estuvo ahí, en que nadie tuvo el estudio enteramente a favor.
La vara, sin embargo, tiene que ser la misma para todos. Al que gobernó se le pregunta qué hizo. Al que gobierna, qué está haciendo. Al que quiere volver, qué aprendió.
Y al ciudadano hay que dejarlo cambiar de opinión sin tratarlo de traidor, ignorante o ingrato. Bastante tiene con hacer rendir el sueldo como para que encima le cobren fidelidad partidaria.
Bárbaro cerró su apuesta con una convicción: «Siempre gana la política».
Puede ser. Pero convendría que la política se acuerde de quién paga la cuenta.
Como despedía Neustadt: «Lo dejamos ahí». Por esta vez, con el archivo abierto.
REVISTA – LA REALIDAD SITIO OFICIAL!