CHE, DIEGO… MIRÁ EL QUILOMBO DE AMOR QUE DEJASTE

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CHE, DIEGO… MIRÁ EL QUILOMBO DE AMOR QUE DEJASTE

Dalma, Lalo y Coty Maradona se juntaron a celebrar los 66 que hubiera cumplido Pelusa. Hubo recuerdos, música, cargadas y una carta que nos dejó mirando el piso. Dona Stream, realizado en los estudios de Diucko TV Digital, con producción integral de “Fuera del Radar”, tuvo algo de sobremesa de barrio: primero te reís a los gritos; después se nombra al que falta y cuesta tragar.

Por Gonzalo Guardia | El Archivólogo

Hay que haberlo visto.

Pero haberlo visto de verdad: con la familia amontonada frente al televisor, alguno acomodando la antena y otro decretando que nadie cambiara de silla porque veníamos ganando.

México 86 tenía ese olor a comida que se enfriaba mientras la pelota le llegaba al Diez. Afuera quedaba el barrio. Adentro, durante un rato, todo dependía de un petiso con rulos.

Después vino Italia 90. El tobillo hinchado, la corrida contra Brasil, el pase al Cani. Las manos de Goyco. Y nosotros, cuatro años más grandes, aprendiendo que también se podía querer a un capitán cuando lloraba.

Por eso uno se sienta a mirar Dona Stream y enseguida encuentra su lugar. En esa mesa están los familiares, los periodistas y los músicos. Pero también estamos los que guardamos una revista, una entrada, un VHS o una camiseta que ya no nos entra ni haciendo la pretemporada con Bilardo.

Había una torta con el número 66. Faltaba el tipo que seguramente habría querido organizar la fiesta, elegir la música y ganar todos los juegos.

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Daniel Arcucci llevó una perlita extraordinaria.

En México 86 había entrevistado a Michel Platini. La nota salió en El Gráfico con un título que celebraba el placer de reportear al francés. Cuando Arcucci se sumó a la cobertura de Argentina, Diego lo recibió con el archivo abierto.

Porque Pelusa podía tener varios marcadores encima, pero también encontraba tiempo para leer la revista.

Arcucci recordó el interrogatorio: cuántos partidos de Argentina había visto, por qué había estado siguiendo a Francia… Los colegas escuchaban y la cábala empezaba a ponerse espesa.

Hasta que Diego soltó:

“¡Qué cábala ni cábala, no nos para nadie!”

Tenía una confianza que se llevaba puesta la concentración.

Lo hermoso vino después: treinta años más tarde, mientras preparaban el libro sobre aquel Mundial, todavía le reclamaba lo de Platini.

Treinta años, hermano. Cambiaron las camisetas, desapareció el videoclub y aprendimos a mandar audios. Diego seguía con aquella revista bajo el brazo de la memoria.

Para una sobremesa así dan ganas de pedir prestado el famoso “un elissir” del Coco Basile. Servido despacito, que estas historias hay que saborearlas.

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Coty aportó una escena que vale un cortometraje.

Navidad, familia reunida, el fuego preparándose y una partida de truco. Su equipo venía ganando. Diego, naturalmente, empezó a calentarse.

Llegó el envido. La apuesta subió. Del otro lado cantaron 31.

Diego respondió:

“32”.

Y enseguida empezó el festejo, los abrazos y la maniobra para que las cartas volvieran al mazo sin demasiadas inspecciones.

Según contó Coty, no tenía con qué sostener semejante anuncio.

La zurda era de otro planeta. La picardía se había criado acá nomás.

En esa mesa encaja el viejo “¡Ganar es todo!” de Bilardo. Aunque al Doctor le habría convenido revisar los tantos antes de autorizar el festejo.

Coty también contó que su tío podía llamarlo para anunciarle un viaje a Dubái esa misma noche. El problema era explicarle que al otro día rendía un final.

Andá a concentrarte en un examen después de decirle que no a Maradona.

Hubo enojo, hubo otro llamado y finalmente hubo viaje después de rendir. Porque con Diego las invitaciones también venían con tiempo de descuento.

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Dalma recordó cuánto disfrutaba su papá de los cumpleaños y de reunir gente. También volvió a La noche del 10, aquel programa al que las figuras querían ir antes de que las invitaran.

Y apareció el Diego competitivo.

Para un partido de fútbol-tenis con su hija, había que practicar. Presentarse varias horas antes. Ensayar. Cabecear.

Dalma contó que los pelotazos ya le hacían doler la cabeza y que temía no llegar al partido verdadero.

Él insistía.

Uno lo imagina mirando un simple juego televisivo con la seriedad de una semifinal. La anécdota alcanza para entender por qué después Lalo y Coty se disputaron cada punto del fútbol-tenis del homenaje como si la familia entera estuviera jugando una final.

Desde los comentarios apareció una frase que le calzaba perfecta:

“No hay amistosos en la selección, hay partidos internacionales”.

La sobremesa podía ser distendida. El resultado se respetaba.

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Marcelo “Cholo” Sotile encontró una manera preciosa de explicar lo que les pasó a tantos periodistas de su generación:

“Poder haber conocido a mi póster fue fantástico”.

Ahí estamos unos cuantos.

Los que abríamos una revista con cuidado para no romper la foto. Los que grabábamos arriba de cualquier cosa si aparecía Diego en la tele. Los que madrugábamos un domingo para mirar al Napoli y distinguíamos al Diez incluso cuando la imagen parecía transmitida desde el fondo de una pecera.

Después algunos pudieron entrevistarlo. Jugar un partido con él. Recibir un pase.

Y también una puteada, porque perder la pelota delante de Diego tenía devolución inmediata.

El póster hablaba. Se acordaba de todo. Te cargaba. Y quería ganar.

Pablo Lescano recordó un encuentro con Diego y una frase que, según contó, recibió de él:

“Nosotros somos el pueblo”.

Dicha entre ellos, tenía el peso del reconocimiento. Saber de dónde había salido el otro sin necesitar mayores explicaciones.

También contó el intercambio de remeras. La que recibió de Maradona sigue guardada, sin lavar. Cuando no la encontraba en su casa, se desesperó hasta que apareció.

Se entiende, Pablo.

Hay camisetas que no van al lavarropas: van al lugar donde cada uno guarda las pruebas de que aquello que vivió fue cierto.

Rolo Sartorio, por su parte, recordó cómo la noticia de la muerte de Diego interrumpió una grabación y lo llevó a escribir. La música de La Beriso, la presencia de Lescano y Max y la Bohemia, presentada como la Dona Band, acompañaron esa mezcla de alegría y tristeza que cruzó la emisión.

Porque recordarlo también era dejarlo bailar un rato.

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Entre las risas apareció el dolor que la familia lleva todos los días.

Dalma sostuvo:

“Yo estoy para que él tenga la justicia que se merece”.

El reclamo quedó ahí, firme. La hija hablando por su papá, acompañada por quienes siguen esperando respuestas por su muerte.

Después Lalo leyó la carta.

“Hola, Pelu, hermano, tengo tantas cosas que quedaron por decirte”.

Y de golpe el estudio quedó lejos.

Uno escuchaba a un hermano queriendo recuperar una conversación. Un abrazo. Cualquier tarde compartida.

“Tengo tantas ganas de abrazarte, de decirte cuánto te quiero y de agradecerte por cada momento vivido junto”.

Hasta que llegó:

“Perdón por no haber podido ayudarte…”

Ese es el dolor íntimo de Lalo. Su manera de poner en palabras lo que le quedó atravesado.

Frente a eso conviene quedarse quieto y escuchar. Hay silencios que merecen todo el espacio.

La torta esperaba. Había que cantar el cumpleaños. Y la familia lo cantó, con esa entereza que a veces aparece porque al lado hay alguien haciendo el mismo esfuerzo.

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EL VEREDICTO DE EL ARCHIVÓLOGO

Dona Stream encontró al Diego que todavía vive en las conversaciones de los que lo conocieron. El que discutía una tapa, inventaba un envido, organizaba viajes de un día para otro y disfrutaba de una fiesta con la familia.

Con Martín Souto en la conducción, junto a Arcucci, Sotile, Martín Arévalo y los invitados, el homenaje tuvo espacio para ese hombre desbordante que podía hacerte reír y emocionarte en la misma anécdota.

Afuera también había gente. Camisetas, recuerdos, ganas de estar. Adentro, una familia celebrando como podía y cerrando con un pedido compartido:

“Justicia por Diego”.

El programa se hizo en los estudios de Diucko TV Digital, con la producción integral de “Fuera del Radar”. Y nos dejó de vuelta frente a aquel televisor de los ochenta, esperando que la pelota le llegara a él.

Diego dijo una vez: “La pelota no se mancha”.

Nosotros todavía la guardamos al lado del póster.

Feliz cumpleaños, Pelusa. Qué manera de hacernos felices, viejo. Y qué difícil se hace cantarte cuando falta tu voz.

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